✔ Flores para Siempre | Réplicas, ramos de novia de papel y creaciones botánicas realistas

Cómo nace una flor de papel realista: del papel a la flor

Hay un momento, mientras estoy haciendo una flor, en el que deja de parecerme un conjunto de piezas de papel.

No sabría decir exactamente cuándo ocurre. Puede ser al colocar un pétalo, al curvar una hoja o al inclinar ligeramente el tallo. De repente, la miro y pienso: ahora sí, ahora parece una flor.

Llegar hasta ahí, sin embargo, tiene bastante menos de magia de lo que parece y muchas más horas de observación, pruebas y errores de las que se ven en una fotografía.

Porque hacer una flor de papel realista no consiste simplemente en reproducir su forma. Hay que entender primero qué es lo que hace que nuestro ojo la reconozca como una flor de verdad.

flor realista de papel hecha a mano

 

Todo empieza mucho antes de cortar el papel

Cuando quiero crear una flor nueva, primero necesito observarla y observar una flor con intención de reproducirla es bastante distinto a mirarla porque es bonita.

Hay que fijarse en dónde nacen los pétalos, cuáles quedan escondidos, cuáles se curvan hacia dentro y cuáles hacia fuera. En cómo se abre la flor según la mires de frente o de perfil. En la forma de las hojas, en sus nervaduras, en cómo se unen al tallo. Cuando necesito estudiar una especie con más detalle, las referencias botánicas también son una buena forma de comprender su estructura. Por ejemplo, una de mis referencias online favoritas: Plants of the World Online, de los Royal Botanic Gardens de Kew, que reúne información sobre la morfología y clasificación de miles de especies de todo el mundo.

También en algo que a veces olvidamos: una flor natural no tiene una geometría perfecta. Dos pétalos pueden tener tamaños ligeramente diferentes. Uno puede estar más abierto que el otro. Una hoja puede girarse y mostrarnos el reverso. Incluso dentro de una misma especie encontramos flores con aspectos muy distintos. Todas esas pequeñas irregularidades son información. Y muchas veces son precisamente lo que hace que una flor resulte creíble.

El papel no tiene que comportarse como papel

Trabajo principalmente con papel crepé porque me permite hacer algo fundamental para mí: darle forma.

Precisamente el proceso manual y el comportamiento del material son algunas de las principales diferencias entre las flores de papel y las flores artificiales.

Puedo estirarlo, curvarlo, crear volumen y modificar su superficie hasta conseguir que deje de verse plano. Pero el propio material también tiene sus límites, y parte del trabajo consiste en aprender a utilizarlos a favor de la flor que quiero representar.

No todas necesitan el mismo papel ni el mismo tratamiento.

Un pétalo de amapola no se comporta como uno de una dalia. Una magnolia necesita una presencia completamente diferente a la de un cosmos. Y una rosa con decenas de pétalos plantea problemas que no existen en una flor mucho más sencilla en apariencia.

Digo «en apariencia» porque, después de tantos años haciendo flores, he aprendido que las que parecen más simples pueden ser algunas de las más difíciles de conseguir.

Cuando hay pocos elementos, cada uno importa muchísimo.

 

El color casi nunca es un solo color

Esta es otra de esas cosas que empiezas a ver de forma distinta cuando pasas muchas horas observando flores.

Decimos «una rosa roja», «una peonía rosa» o «una dalia blanca» porque necesitamos ponerles un nombre. Pero cuando las miras detenidamente, rara vez hay un único color.

Puede haber zonas más oscuras cerca del centro, bordes ligeramente diferentes, sombras entre los pétalos o pequeñas variaciones que hacen que el color cambie según la luz.

Trasladar todo eso al papel no significa necesariamente intentar copiar cada milímetro. Para mí se trata más bien de entender qué variaciones son importantes para que el conjunto funcione.

A veces el tono que parece perfecto cuando el papel está extendido deja de serlo cuando empiezan a superponerse veinte o treinta pétalos. Y toca volver atrás. Eso también forma parte del proceso. Cuando trabajo en un encargo personalizado, esta parte cobra todavía más importancia, porque muchas veces necesito partir de una paleta o una referencia concreta.

 

Una flor no se mira solamente de frente

Este es probablemente uno de los detalles en los que más pienso cuando trabajo.

Una flor no es una imagen plana, tiene parte delantera, trasera, laterales, profundidad. El tallo se inclina, las hojas salen en distintas direcciones y los pétalos cambian completamente dependiendo del ángulo desde el que los observemos.

Por eso intento trabajar cada flor pensando en ella como un objeto que se va a mirar desde muchos puntos de vista.

Esto se vuelve todavía más importante cuando varias flores terminan formando un ramo.

Si todas mirasen perfectamente hacia delante, quizá quedarían muy bien para una fotografía frontal, pero el ramo perdería naturalidad en cuanto lo girásemos.

En la naturaleza las flores no posan para la cámara, y me gusta que mis ramos tampoco lo hagan. Esta forma de trabajar la orientación de cada flor también es importante cuando diseño un ramo de novia de papel personalizado.

 

Lo difícil no siempre es lo que parece

Una flor con cincuenta pétalos parece complicada. Y normalmente lo es. Pero una flor de cinco pétalos puede ser desesperante.

Cuando una flor tiene una estructura compleja, hay muchos elementos que ayudan a construir el resultado final. Cuando tiene muy pocos, cualquier proporción extraña, una curva demasiado marcada o una posición que no termina de funcionar queda completamente expuesta.

Por eso no suelo medir la dificultad de una flor por la cantidad de piezas que lleva, hay flores que necesitan muchísimo tiempo de montaje y otras que necesitan muchísimo tiempo de observación, y no siempre son las mismas.

 

El momento de dejar de tocar

Esto también se aprende con los años. Cuando trabajas a mano es muy fácil pensar que siempre puedes corregir algo más. Mover este pétalo, curvar un poco aquella hoja, cambiar la inclinación, retocar el centro. Hasta que llega un punto en el que seguir intentando mejorar la flor puede conseguir exactamente lo contrario. He aprendido que también hay que saber cuándo parar.

No busco que todos los pétalos estén colocados de manera impecable ni que una flor sea perfectamente simétrica. De hecho, probablemente empezaría a parecerme menos natural si lo fuera.

Busco que, al verla en conjunto, funcione, que tenga movimiento, que tenga una postura, que parezca que podría haber crecido así.

 

¿Cuánto se tarda en hacer una flor de papel?

Esta es una de las preguntas que más cuesta responder. Depende completamente de la flor, hay piezas relativamente sencillas y otras que necesitan una enorme cantidad de pétalos, hojas, estructuras o detalles. También hay diseños que ya conozco perfectamente y otros que requieren pruebas antes de llegar al resultado definitivo.

Y hay una parte del tiempo que nunca aparece cuando vemos la flor terminada: la que he dedicado anteriormente a aprender a hacerla.

Una flor puede tardar unas horas en construirse, pero detrás puede haber años de experiencia que permiten tomar determinadas decisiones casi de manera intuitiva. Eso también está dentro de la flor, aunque no pueda verse.

 

Dos flores iguales que nunca son exactamente iguales

Trabajo con patrones y referencias porque necesito mantener proporciones y poder reproducir determinadas variedades.

Pero trabajar con un patrón no significa obtener dos piezas idénticas, el papel se estira de manera ligeramente diferente. La presión de los dedos cambia. Un pétalo se curva un poco más. Otro queda más cerrado.

Y yo tampoco intento eliminar esas diferencias, si alguien encarga varias flores de la misma variedad, quiero que se reconozcan como pertenecientes a la misma familia, pero no que parezcan clones. Es una de las cosas que más me gustan del trabajo artesanal.

Existe una intención común, pero la mano siempre deja pequeñas variaciones.

 

Después de tantos años sigo mirando flores de otra manera

Quizá una de las consecuencias inesperadas de dedicarme a esto es que ya no sé mirar una flor simplemente como antes.

Me fijo en cosas absurdamente pequeñas.

En cómo se dobla un pétalo.

En el color que aparece justo donde comienza una hoja.

En una flor que está medio cerrada mientras las demás ya se han abierto.

En una forma extraña que probablemente habría ignorado hace años.

Y muchas de esas observaciones terminan apareciendo, tarde o temprano, sobre mi mesa de trabajo.

No intento hacer una copia perfecta de la naturaleza. Ni creo que pudiera hacerlo.

Lo que intento es entender qué detalles necesito conservar para que, cuando alguien mire una de mis flores, durante un instante se olvide de que empezó siendo una hoja de papel.

Cuando ocurre eso, para mí la flor está terminada.

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