¿Cuáles son las flores más difíciles de hacer en papel? La respuesta no es tan sencilla
Si me hubieran preguntado hace unos años cuál era la flor más difícil que había hecho en papel, seguramente habría sabido contestar enseguida. Ahora me cuesta bastante más.
No es que haya llegado a un punto en el que todas me parezcan fáciles —ojalá—, sino que después de repetir determinados procesos durante años dejas de ser demasiado consciente de algunas dificultades. Hay cosas que las manos terminan aprendiendo. Ya no tienes que pensar tanto en cómo curvar un pétalo, cómo conseguir determinada forma o en qué orden necesitas montar ciertas piezas. Simplemente lo haces.
Por eso, cuando hace poco me planteé cuáles serían las cinco flores más difíciles que he reproducido, me di cuenta de que no sabía hacer la lista.
Podría escoger las que llevan más piezas, pero no necesariamente son las más complicadas. Podría elegir las de estructura más extravagante, aunque algunas se resuelven bastante bien una vez que entiendes cómo están construidas.
Y después están esas flores aparentemente inocentes, con cinco o seis pétalos, que parecen decirte «esto lo tienes hecho en un momento» y terminan dándote más guerra de la prevista.
Así que he decidido no hacer un ranking. Me parece mucho más interesante contar qué puede hacer difícil una flor. Porque no siempre es lo que parece.

A veces, cuantos menos pétalos, peor
El cosmos es un buen ejemplo. Si lo comparamos con una dalia o una peonía, no parece tener demasiado misterio. Una fila de pétalos alrededor de un centro amarillo y una forma bastante abierta. Sobre el papel —nunca mejor dicho— debería ser sencillo. Pero precisamente porque hay tan pocos elementos, todos quedan muy expuestos.
Si los pétalos son demasiado regulares, si están excesivamente juntos o si todos se abren exactamente en el mismo ángulo, enseguida pierde esa ligereza tan característica del cosmos. Y no hay otras treinta capas de pétalos alrededor que distraigan la mirada.
Además, es una flor que tiene muchísimo movimiento. Basta observar varios cosmos naturales juntos para darse cuenta de que ninguno parece estar quieto: unos se inclinan, otros se abren completamente, algunos pétalos se doblan y otros casi parecen estar a punto de salir volando. Eso es mucho más difícil de trasladar al papel que simplemente conseguir la silueta correcta.

Y una dalia puede tener cientos de piezas y resultarme más familiar
Con las dalias ocurre prácticamente lo contrario.
Hay variedades que requieren una cantidad considerable de pétalos y bastante tiempo de montaje. Solo por eso ya podríamos considerarlas laboriosas.
Pero he hecho tantas a lo largo de los años, en tamaños y colores muy diferentes, que conozco bastante bien su lógica.
Sé cómo tiene que crecer la flor desde el centro, cómo van cambiando los pétalos a medida que se abre y qué ocurre si una zona queda demasiado uniforme. Eso no significa que pueda hacer una con los ojos cerrados —y tampoco pienso intentarlo—, pero hay una diferencia enorme entre enfrentarte a una estructura por primera vez y volver a una flor que ya conoces.
Las dalias tienen además otra dificultad que me interesa especialmente: la repetición.
Hay muchos pétalos parecidos, pero no quiero que el resultado parezca construido en serie. Esa intervención de la mano en cada pieza es también una de las principales diferencias entre las flores de papel artesanales y las flores artificiales producidas industrialmente. Si todo queda demasiado exacto, la flor pierde naturalidad. Necesito cierta regularidad para conservar la estructura característica de una dalia y, al mismo tiempo, pequeñas variaciones que impidan que el ojo encuentre un patrón demasiado evidente.
Con el color ocurre algo parecido. Una Café au Lait es el ejemplo perfecto. Podemos llamarla crema, rosa empolvado o incluso melocotón dependiendo del ejemplar y de la luz, pero ninguna de esas palabras describe realmente todos los tonos que aparecen cuando miras la flor de cerca.
Y cuando empiezas a superponer pétalos, el color también cambia. Lo que funcionaba perfectamente sobre una hoja de papel extendida puede no funcionar igual cuando tienes varias capas unas encima de otras.


Hay flores que puedes construir correctamente y, aun así, no funcionan
El hibisco me parece interesante por otra razón. Su estructura es muy reconocible: cinco grandes pétalos y una columna central que probablemente sea uno de sus rasgos más característicos. Podrías reproducir todos esos elementos con las proporciones correctas y conseguir, técnicamente, un hibisco. Pero puede seguir faltándole algo.
Porque buena parte de lo que hace bonito a un hibisco está en cómo se abre. Los pétalos no son superficies planas colocadas alrededor de un centro; tienen ondulaciones, caídas, zonas que se adelantan y otras que retroceden. Dependiendo del ejemplar, casi parece que la flor se estuviera desplegando delante de ti. Eso no aparece en un patrón. Puedes dibujar el contorno de un pétalo, medirlo y repetirlo cinco veces, pero el movimiento hay que construirlo después.
Y probablemente esta sea una de las cosas que más he aprendido con los años: reproducir correctamente las partes de una flor no garantiza reproducir la flor.

La Phalaenopsis juega en otra liga
Con una orquídea Phalaenopsis el problema vuelve a cambiar. Aquí sí hay bastante precisión. Su silueta es tremendamente reconocible y la zona central concentra muchas formas en muy poco espacio. Pétalos y sépalos relativamente amplios rodean un labelo mucho más complejo, con curvas, volúmenes y detalles que varían según la variedad.
Además están los colores. Hay Phalaenopsis prácticamente blancas, otras con degradados, motas, nervaduras o centros muy intensos. Algunos de esos detalles son diminutos, pero tienen muchísimo peso visual.
Y trabajar a esa escala tiene sus propias dificultades. Una diferencia de unos milímetros que sería irrelevante en una flor grande puede cambiar bastante el aspecto de una pieza pequeña. Es una de esas flores en las que termino acercándome muchísimo para trabajar y alejándome después para comprobar si todo aquello que he estado haciendo de cerca sigue teniendo sentido cuando vuelvo a verla como una flor completa. Porque al final esa es la prueba importante. No cómo funciona cada pieza por separado, sino qué ocurre cuando dejamos de analizarlas y volvemos a mirar la flor.

Algunas parecen querer ponértelo difícil desde el principio
Y luego están flores como la spider lily.
Con esta ni siquiera hay engaño: la miras y ya sabes que vas a entretenerte.
Tiene elementos muy largos, estrechos y separados entre sí, estambres que se proyectan hacia fuera y una estructura abierta en la que prácticamente todo queda a la vista.
El problema es conseguir que algo así tenga suficiente estabilidad sin perder la delicadeza. Porque una cosa es que una flor parezca frágil y otra que realmente lo sea.
El interior necesita hacer su trabajo, pero yo no quiero que se vea. Lo que quiero que vea quien tenga la flor delante son esas líneas finas, el espacio que queda entre ellas y la sensación de ligereza.
Este equilibrio entre estructura y apariencia aparece constantemente cuando trabajas con papel. A veces hay mucho más sosteniendo una flor de lo que uno imaginaría al verla terminada. Y así debe ser. Si lo primero que ves es cómo está construida, algo no ha salido como yo quería.

La buganvilla y el arte de intentar no ordenar demasiado
La buganvilla tiene algo que me resulta especialmente familiar, quizá porque viviendo junto al Mediterráneo es imposible no encontrártela constantemente. Cubre muros, cae por terrazas, trepa por fachadas y parece crecer exactamente hacia donde le da la gana. Y ahí está precisamente parte del problema.
Las zonas de color que solemos identificar como sus flores son en realidad brácteas; las verdaderas flores son esas pequeñas estructuras que aparecen en el centro. Pero reproducir correctamente esa anatomía es solo una parte del trabajo. Después hay que conseguir que la rama parezca una buganvilla. Y una buganvilla no suele ser precisamente ordenada. Hay grupos muy juntos, otros separados, hojas que se mezclan con las brácteas, partes que miran hacia delante y otras que prácticamente desaparecen detrás de la rama.
Cuando construyes algo desde cero existe una tentación bastante natural de equilibrarlo: colocar aquí porque falta algo, girar aquello para llenar un hueco, repartir las formas para que la composición quede bonita. Con la buganvilla hay que contener un poco ese impulso. Porque si la ordenas demasiado, deja de parecerse a ella. Lo curioso es que ese desorden tampoco puede ser completamente aleatorio. Hay que observar cómo crece la planta para entender dónde tiene sentido romper la composición y dónde no.
En otras palabras: tienes que dedicar bastante tiempo a conseguir que parezca que no te has esforzado demasiado. Maravillas del oficio.

Entonces, ¿cuál me cuesta más?
Después de darle bastantes vueltas, creo que establecer una jerarquía sería bastante arbitrario.
La dificultad que encuentro hoy al hacer una flor no es la misma que encontraba hace diez años. Hay especies que en su momento necesitaron muchas pruebas y que ahora conozco hasta el punto de anticipar dónde pueden surgir los problemas. No se han vuelto objetivamente más sencillas; lo que ha cambiado es mi manera de abordarlas.
Con el tiempo también cambia la forma de mirar. Se reconocen antes las proporciones que no funcionan, se entiende mejor hasta dónde puede llevarse el papel y hay decisiones que ya no necesitan pasar por un proceso consciente. No porque sean irrelevantes, sino porque la experiencia las ha convertido en parte del oficio.
Por eso me cuesta hablar de flores fáciles y difíciles en términos absolutos. Una dalia puede exigir horas de trabajo y una cantidad considerable de piezas, pero es una estructura que conozco bien. Una especie aparentemente mucho más sencilla puede obligarme a empezar prácticamente desde cero si nunca antes he tenido que interpretarla en papel.
Y, en ese caso, cinco pétalos pueden plantear más preguntas que cincuenta.
La dificultad que no aparece en la fotografía
Hay además una parte del proceso que rara vez llega a verse cuando enseño el resultado terminado.
Cuando trabajo por primera vez con una especie, no existe todavía esa familiaridad. Este proceso de observación es precisamente el punto de partida del que hablo con más detalle en Cómo nace una flor de papel realista: del papel a la flor. Tengo que decidir qué características son esenciales y cuáles puedo simplificar sin que la flor pierda su identidad; comprobar proporciones, interpretar volúmenes y averiguar cómo conseguir con papel algo que en la naturaleza responde a unas propiedades completamente distintas.
No todas las primeras versiones funcionan. A veces el problema es evidente. Otras veces resulta bastante más difícil de localizar: la flor tiene aparentemente todos los elementos correctos y, sin embargo, al mirarla en conjunto hay algo que no convence. Puede ser una proporción, una inclinación, demasiado volumen en un punto determinado o simplemente una rigidez que la flor natural no tiene.
Es probablemente una de las partes más interesantes del proceso, porque obliga a distinguir entre reproducir los elementos de una flor y comprender realmente su forma.
Las pruebas que descarto no suelen aparecer en las fotografías ni forman parte de la pieza que finalmente recibe un cliente, pero tampoco son tiempo perdido. Cada una resuelve una pregunta que ya no tendré que plantearme de la misma manera la próxima vez.
Cuando vuelvo a esa especie meses o años después, todo ese aprendizaje sigue ahí.
La experiencia también consiste en saber qué no copiar
Puede parecer contradictorio hablar de flores realistas y decir que no intento reproducir absolutamente todo lo que veo, pero para mí ambas cosas son perfectamente compatibles.
La naturaleza tiene un nivel de complejidad que sería absurdo trasladar literalmente al papel. Mi trabajo no consiste en hacer una copia microscópicamente exacta de una flor, sino en identificar aquellos rasgos que hacen que la reconozcamos: una determinada apertura, la relación entre sus proporciones, el movimiento de los pétalos, la forma en que nace una hoja o incluso cierta irregularidad.
Con los años he aprendido que añadir más detalle no siempre aporta más realismo. En ocasiones ocurre justo lo contrario. Si todos los elementos reclaman atención al mismo tiempo, la flor puede acabar resultando más artificial que otra en la que se ha sabido seleccionar mejor qué merece protagonismo.
Ese criterio es difícil de explicar mediante una técnica concreta porque no pertenece a una sola flor. Se va formando después de observar muchas, de equivocarse otras tantas veces y de descubrir qué decisiones funcionan cuando dejamos de mirar el papel y volvemos a mirar el conjunto.
Quizá sea también la parte del trabajo que más ha cambiado desde que empecé.
Y todavía quedan muchas flores por hacer
Después de todo esto, sigo sin tener una respuesta para quien quiera saber cuál ha sido la flor más difícil. Pero tampoco creo que la necesite.
Lo interesante, después de tantos años, es que todavía existen especies que nunca he llevado al papel y estructuras que me obligarían a buscar soluciones diferentes de las que utilizo habitualmente. De hecho, algunos encargos personalizados me han llevado precisamente a trabajar por primera vez con especies que hasta entonces nunca habían pasado por mi mesa. Un encargo puede poner sobre mi mesa una flor que apenas había observado antes y hacer que vuelva a estudiarla con la misma atención que dedicaba a mis primeras piezas.
La experiencia facilita muchas cosas, pero afortunadamente no elimina esa parte del trabajo. Todavía puedo encontrar una flor y no saber inmediatamente cómo voy a hacerla. Y creo que prefiero que siga siendo así.
